¡Otra vez la selección española campeona de Europa! ¡Me alegro! Y no me da vergüenza decirlo. A mí me ha gustado siempre el fútbol, desde que lo jugaba de pequeñita en el patio del colegio femenino al que iba, compitiendo con mis compañeras, porque todas queríamos asignarnos el mismo jugador. Bueno, todas no, mi amiga Uca elegía siempre a Butragueño, y además consumía el cacao para desayuno que él anunciaba. Mi amiga Pili y yo luchábamos por elegir a Juan Señor, y la que no lo conseguía tenía que conformarse con representar a Michel. Me siguió gustando luego, cuando animaba al equipo de mis amigos, y posteriormente al de mi novio. Mi padre jugaba en el Madera, un equipo con sede en un bar y después nos íbamos a comer chuletas al campo, porque se podía hacer fuego que siempre rodeábamos con un par de cubos de agua por si las moscas.
Luego vinieron los años gloriosos del Zaragoza, con sus copas, su recopa y su juego bonito. ¡Hasta me pintaba la cara de blanco y azul!, tenía 20 añitos y cualquier excusa era buena para irse de fiesta.
Anoche no vi el partido, vi algún ratito, y algún otro estuve leyendo en la cama un libro de Antonio Muñoz Molina que de momento tiene muy buena pinta. Ya no es lo mismo, sigue gustándome el fútbol, sobre todo si juega mi hijo, pero ya no me pongo como una loca ni salgo a la calle, ahora, si no está el peque (al que por cierto le encanta), ni lo veo. Quizá porque he aprendido que el fútbol es un juego, sólo eso, un divertimento televisivo como puede ser el Sálvame, la película de la semana, el twitter o el libro de turno.
Por eso, no logro entender por qué tenemos la manía de mezclar las churras con las merinas. El que quiera disfrutar del fútbol, que lo haga. Eso no quiere decir que sea un pasota al que no le importan una mierda los problemas actuales de esta España que se estaba quemando literalmente mientras los de la roja goleaban a los italianos. Me jode que se piense que si te gusta el fútbol es porque no has ido jamás a una manifestación para defender la escuela pública, o eres un insensible ante la imagen de una Valencia asolada por las llamas. No lo entiendo, no tiene nada que ver. Si para ser solidario ayer había que apagar el fútbol, entonces también había que cerrar los libros, los ordenadores y todo lo demás y por mucho que no logre entender los fanatismos y las manifestaciones de alegría desbordadas de la gente sobre todo a partir de determinada edad, no veo qué puede tener de malo que te guste el fútbol y que quieras disfrutar de un buen partido por televisión.
Pero si hay algo que me jode más que los que nos quieren hacer pensar que ver el fútbol es ser anti-patriota es ver a los políticos haciendo justamente lo contrario. Hacernos creer que si se gana la Eurocopa implica que España puede salir de la crisis como ha insinuado Ana Botella me parece una tomadura de pelo mucho mayor. Algunas portadas de algunos periódicos, como la de la razón , o la de ayer de Super Deporte, son sencillamente vomitivas. Y qué decir de las declaraciones del presidente del gobierno pidiendo a la selección una alegría en estos momentos difíciles..., eso es confundir el tocino con la velocidad y además es un ejercicio de irresponsabilidad que no se debería permitir precisamente por "estos momentos difíciles". También es una barbaridad decir cosas como que el fútbol une a un país, elimina las diferencias entre las ideologías y chorradas similares. El fútbol es un deporte y cuando pasa a la gran pantalla es un espectáculo televisivo. PUNTO.
A ver señores políticos, no confundan en culo con las témporas y mucho menos se aprovechen de un deporte que está apliamente seguido para contarnos sus milongas. Porque no nos las creemos.
Así que me declaro lejos de los fanatismos, ni una cosa, ni la otra. Cada cosa tiene su importancia. No se me enfaden si disfruto del fútbol pero tampoco me hagan creer que un partido va a solucionarme la vida.
Sólo sé que no sé nada. Ignoro las motivaciones de la gente, desconozco lo que va a pasar. Solo estoy segura de una cosa, de mí misma.
lunes, 2 de julio de 2012
viernes, 29 de junio de 2012
Treinta y ocho
Barajó diferentes posibilidades y concluyó que ninguna le servía como excusa para no ir a trabajar, se habría notado demasiado. Así que se arrastro como pudo hasta el cuarto de baño, dejó que le prepararan un café y se encendió un asqueroso cigarrillo mañanero.
Aunque la ducha fría resultó reparadora, no terminó de despertar hasta que no se montó en el coche, ya con su beydercamiseta enfundada y los ojos como platos para no atropellar a nadie, aunque, pensándolo bien, eso sí que sería una excusa para no ir al trabajo, lugar en el que iba a ser imposible apaciguar a su resacoso estómago (¿valdría esto como hipálage?).
La semana había resultado muy intensa, y el día anterior quizás no le habría dejado tanta huella si no hubiera sido porque venía precedido de otros parecidos, pero había merecido la pena: las libretas asomando de los bolsos, las conversaciones de temas que se confundían los unos con los otros porque había demasiadas cosas de las que hablar, las personas que por fin son como parecen ser, las velas que suman 38, los zapatos que se rompen, los compañeros de huevos rotos que parecen de atrezo, los micrófonos y las sonrisas.
Pero aún faltaba algo, aún no había terminado, y no sabía si tenía fuerzas para seguir. Aún así decidió no cerrar la página de experiencias, se rió de los problemas y bendijo a la cerveza, a la música y a los amigos, para colocarse unas zapatillas cómodas y seguir abusando de los antidepresivos naturales.
¡Grandes 38! Si éstos son así, ¡cómo serán los 40!, pensó mientras miraba con una amplia sonrisa cómo se cerraba de nuevo, sin ella dentro, la puerta de su casa.
martes, 19 de junio de 2012
Con los dedos dormidos
En ese lugar es muy fácil, porque las manos viajan por el teclado confiadas en encontrar las letras, en unir la eme con la a sin que la vista descifre el sentimiento que realmente esconden.
Por la misma razón, jamás repasaba, jamás releía, imposible, por otra parte, ya que aunque el cerebro se acostumbra a la falta de luz, siempre queda la vergüenza, aquella que te impide ver, que no te permite hurgar en la parte más íntima de las miserias, aunque las conozcas bien, aunque sean las tuyas.
Pero la oscuridad es fría y anquilosa los dedos, que, poco a poco, se van haciendo menos ágiles, y van perdiendo su capacidad para la rima, para el adjetivo calificativo, para el sujeto, el verbo y el predicado. Y cuando ya la han perdido del todo, te das cuenta de la felicidad que te proporcionaba la escritura, descubres que el teclado era ese amigo que escucha y jamás te da consejos, porque nunca se los pides. Y entonces lo echas de menos y quieres volver a acercarte a él. Y resulta muy frustrante no saber cómo hacerlo, porque la impaciencia te impide ver que el único camino es perseverar y no perder la esperanza de volver a encontrar ese espacio en el que fluyen los sentimientos y sin embargo, apenas duelen.
lunes, 18 de junio de 2012
sábado, 16 de junio de 2012
lunes, 11 de junio de 2012
El Ayuntamiento
Al lado de la puerta principal, se coloca la imagen de la Virgen de San Cristóbal, a la que cantamos emulando a los mozos en San Fermín antes de que salga el toro de fuego. La puerta está abierta, y cuando entras, hay un precioso patio que tiene lo que yo venía a llamar de cría "suelo de panes", y ahora sé que se llama patio con solería de cantos rodados. Cuando vas con chancletas se te clava en los pies, pero queda muy bonito.
A la derecha hay una puerta desde la que accedes a un pozo. Está tapado con un cristal, pero alguna vez ha habido algún accidente. Frente a la puerta principal, dos arcos. Uno de ellos lleva a unas pequeñas escaleras, que a su vez dan a una puerta que sale a la carretera. El otro, es el inicio de unas majestuosas escaleras de piedra. Anchas y planas, por eso, alguna vez que otra, ha podido subir la vaca en las fiestas.
Si las subes llegas al primer piso. En esta planta hay unos grandes ventanales desde los que se puede divisar la plaza de la villa. Allí jugaba yo mucho de chiquitita, cuando me pasaba todo el verano en el pueblo, con mi abuela, de junio a septiembre, e íbamos al club, o al casino, o a jugar a polis y cacos a la Plaza del Mercado, o a merendar a la Fuente Nueva, o a la piscina, o al río a bañarnos antes de que hicieran la piscina y también, de vez en cuando, entrábamos al ayuntamiento. A la casa de la villa. A la casa del pueblo. Sin cita previa y sin pasar por un detector de metales.
Tengo la suerte de tener dos niños muy curiosos, y la peque, con 6 añitos, me ha pedido ir a ver el edificio ese que está en la plaza del pilar, que es donde se habla de las actividades de Zaragoza (así lo ha expresado ella, y yo no voy a cambiar ni una coma). Al intentar entrar a un bonito patio del ayuntamiento de ésta mi ciudad, una simpática - todo hay que decirlo - policía local, nos lo ha impedido argumentando que el Ayuntamiento de Zaragoza, no se puede visitar. Bueno, sí se puede, pero poco menos que hay que echar una instancia y encomendarte a San Valero y al Ángel Custodio que son los que franquean su puerta. Vamos, que o es el 29 de Enero que es el día de puertas abiertas, o eres un niño y vas en visita guiada con el cole, si es que en tu cole la programan. Y si no, pues ajo y agua, que es que este alcalde es un poco particular, nos dice ella con un susurro. - No importa, dice mi hijo mayor. - Sí, sí que importa, decimos ella y yo al unísono.
Así que nos hemos quedado con las ganas, y mientras llega el próximo 29 de Enero, siempre podemos acercarnos este verano a Uncastillo y entrar en la casa del pueblo, para poder explicarles dónde se toman las decisiones y quién ha puesto allí a esos señores que a veces se creen los dueños del mundo.
sábado, 9 de junio de 2012
Nota de cata
Llevo dos años bebiendo la misma marca de vino. Es un vino tinto, gran reserva, que a mí los vinos jóvenes me dicen muy poco. Los vinos jóvenes están bien para un menú del día, para una cena de verano o para acompañar a la gaseosa, pero para guardarlos en un lugar privilegiado de la bodega y tomarlos poco a poco, mejor los reservas.
Es un vino duro. Al principio entra muy fácil y te parece fantástico. Parece que combina con todo, da igual un pescado, una carne o una pasta, porque con todo va bien, pero poco a poco se hace un poco más complicado de tomar, porque te vas dando cuenta de que no es que combine con todo, es que tiende a enmascarar los sabores de la comida. Así que cuando llevas un tiempo tomándolo no sabes si es el más adecuado. Sabes que tienes que lidiar con él, ponerle comidas fuertes para que no sobresalga por encima de todo y a veces te dan ganas de tomarte algo más suave, algo fácil, sencillo. Al final, aprendes a apreciarlo, porque te das cuenta de que el resto de los caldos te dejan fría.
Tiene varios premios. Muchos nacionales, y alguno que otro internacional. Una, que no es tonta, sabe que el secreto de los premios es saber venderlo bien, y este vino se vende solo. Viene presentado en una bonita botella y para entenderlo hay que ser un poco raro, así que no es extraño que haya conseguido puntos y premios en las diferentes guías, pero al final, los premios no importan. Lo único que cuenta de un vino es si te gusta o no te gusta. Si eres capaz de tolerar cierta arrogancia. Si no se te sube a la cabeza con facilidad.
Podría probar con otras marcas, con otras denominaciones de origen, pero este vino me gusta. Y al final, me doy cuenta, de que yo también le daría algún premio. Pero nunca la medalla de oro, no vaya a ser que se haga muy popular y haya que luchar por encontrarlo en la estantería del supermercado.
Es un vino duro. Al principio entra muy fácil y te parece fantástico. Parece que combina con todo, da igual un pescado, una carne o una pasta, porque con todo va bien, pero poco a poco se hace un poco más complicado de tomar, porque te vas dando cuenta de que no es que combine con todo, es que tiende a enmascarar los sabores de la comida. Así que cuando llevas un tiempo tomándolo no sabes si es el más adecuado. Sabes que tienes que lidiar con él, ponerle comidas fuertes para que no sobresalga por encima de todo y a veces te dan ganas de tomarte algo más suave, algo fácil, sencillo. Al final, aprendes a apreciarlo, porque te das cuenta de que el resto de los caldos te dejan fría.
Tiene varios premios. Muchos nacionales, y alguno que otro internacional. Una, que no es tonta, sabe que el secreto de los premios es saber venderlo bien, y este vino se vende solo. Viene presentado en una bonita botella y para entenderlo hay que ser un poco raro, así que no es extraño que haya conseguido puntos y premios en las diferentes guías, pero al final, los premios no importan. Lo único que cuenta de un vino es si te gusta o no te gusta. Si eres capaz de tolerar cierta arrogancia. Si no se te sube a la cabeza con facilidad.
Podría probar con otras marcas, con otras denominaciones de origen, pero este vino me gusta. Y al final, me doy cuenta, de que yo también le daría algún premio. Pero nunca la medalla de oro, no vaya a ser que se haga muy popular y haya que luchar por encontrarlo en la estantería del supermercado.
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