Veloces como en Cadillac sin frenos,
todos los días tienen un minuto,
en que cierro los ojos y disfruto echándote de menos.
¿Echándote de menos o echándome de menos? ¿Puede alguien echarse de menos a sí mismo? ¿Puedo yo echarme de menos a mí misma?
Estaba el otro día en la cama, presta y dispuesta a rendirme ante los brazos de Morfeo y a la vez pensando, porque cuando no tengo voces que me acunan lo hacen mis pensamientos. Uno de ellos llegó de sopetón y me acordé de que días atrás había leído (y comentando) la noticia que decía que nuestro querido (y eso es síndrome de estocolmo) Mercadona no iba a renovar el alquiler al restaurante El río de la plata, que lleva en una plaza de Zaragoza muchos años y al que yo no iba desde hacía tiempo.
Sólo recordaba una cosa: la última vez que estuve, me tocaba cerrar la tienda y salí a las once de la noche. Escribí un mensaje a mi pareja de entonces y me dijo que estaba allí, con un amigo, que me acercara. Y eso hice.
Cuando llegué, ellos estaban con un ron cola y un gin tonic respectivamente, divagando y filosofando como solían hacer y yo, me uní a la fiesta. De repente, empezó a sonar Hey Jude por los altavoces del establecimiento y no sé de dónde salió un ordenador portátil que me hizo escribir este post.
Así que, después de recordar esto, pospuse dormir y busqué lo que había escrito aquella noche. Lo leí y después de leerlo leí el post anterior, y el anterior, y el anterior, y me dieron las tres de la madrugada. Entonces me eché de menos. Eché de menos a aquella mujer entre los 30 y los 40 que leía, quedaba con amigos y guitarras, veía películas cada noche, cantaba siempre que podía y por supuesto escribía. Aquella mujer antes del scroll infinito, del TikTok que no aporta nada pero es imposible dejar, antes de que no hiciera falta saber dónde poner las tildes porque el autocorrector del móvil las pone por ti.
Me echo de menos porque siento que ahora soy una mujer más gris, que piensa menos y que rumia más y en definitiva soy un poco menos feliz.
Busqué mi blog y también vi que ninguno de los que tengo anclados siguen. Bueno, sigue uno: El chico de la Consuelo, que además era quien sujetaba en su mano el gin tonic aquella noche en El río de la plata, mientras sonaba Hey Jude.
Me ha costado sacar este post de vuelta adelante, pero lo he conseguido y por fin puedo emular a Bad Gyal y gritar: