domingo, 30 de diciembre de 2012

Puzzlecoteca

Estoy a punto de terminar un puzzle de muchas piezas. Me resisto a pensar que ya es mío, que ya lo he conseguido, porque hasta el último minuto no sabré cual es el dibujo resultante.

De momento tiene un poco de todo, algunas luces y algunas sombras, y ya hace tiempo que he decidido no hacer balance acerca de qué es lo que predomina, porque este puzzle no significa nada por si sólo, sino que es parte de una completa colección que va llenando las paredes de mi casa y que puedo observar todos los días para descubrir quién soy.

Cuando los miro hay zonas en las que me cuesta fijar la vista porque me causan dolor, aunque es un dolor atenuado por el tiempo y la distancia. Otras zonas de los puzzles me provocan cierta nostalgia, otras me ayudan a aprender y todas, absolutamente todas son parte de mí.

No quiero analizar el puzzle que terminaré mañana (ojalá),  es demasiado pronto para poder hacerlo, y además, está encolado pieza por pieza, no puedo cambiar nada.

Pronto comenzaré el siguiente. Lo haré despacio con mimo e intentando que quede bonito. Siempre lo intento y eso es lo único importante. Como quede al final será producto de mi creatividad en parte y en parte de la suerte. Pero ese es otro tema, de momento tengo que terminar en del 2012 y colgarlo con un bonito marco en las paredes de mi memoria.


Feliz 2013.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Renaciendo




Me sorprendo haciendo oídos sordos a los consejos de la gente. He perdido el miedo a las rúbricas y a los compromisos desde que sé que ni los unos, ni los otros significan demasiado.

El final de todo está lo suficientemente lejos y a la vez lo suficientemente cerca, como para que decidamos dedicarnos solamente a respirar.

Me importa un bledo ver cortar las barbas de mi vecino, y me he apuntado a un curso on line de natación sin guardar la ropa.

He aprendido que el amor no depende del tiempo, que el cansancio es relativo y que los objetivos no tienen tanta importancia como la forma de llegar a ellos.

No es mérito suyo, sólo me ha abiertos los ojos y ahora pienso diferente.

lunes, 2 de julio de 2012

Ni lo uno, ni lo otro.

¡Otra vez la selección española campeona de Europa! ¡Me alegro! Y no me da vergüenza decirlo. A mí me ha gustado siempre el fútbol, desde que lo jugaba de pequeñita en el patio del colegio femenino al que iba, compitiendo con mis compañeras, porque todas queríamos asignarnos el mismo jugador. Bueno, todas no, mi amiga Uca elegía siempre a Butragueño, y además consumía el cacao para desayuno que él anunciaba. Mi amiga Pili y yo luchábamos por elegir a Juan Señor, y la que no lo conseguía tenía que conformarse con representar a Michel. Me siguió gustando luego, cuando animaba al equipo de mis amigos, y posteriormente al de mi novio. Mi padre jugaba en el Madera, un equipo con sede en un bar y después nos íbamos a comer chuletas al campo, porque se podía hacer fuego que siempre rodeábamos con un par de cubos de agua por si las moscas.
Luego vinieron los años gloriosos del Zaragoza, con sus copas, su recopa y su juego bonito. ¡Hasta me pintaba la cara de blanco y azul!, tenía 20 añitos y cualquier excusa era buena para irse de fiesta.

Anoche no vi el partido, vi algún ratito, y algún otro estuve leyendo en la cama un libro de Antonio Muñoz Molina que de momento tiene muy buena pinta. Ya no es lo mismo, sigue gustándome el fútbol, sobre todo si juega mi hijo, pero ya no me pongo como una loca ni salgo a la calle, ahora, si no está el peque (al que por cierto le encanta), ni lo veo. Quizá porque he aprendido que el fútbol es un juego, sólo eso, un divertimento televisivo como puede ser el Sálvame, la película de la semana, el twitter o el libro de turno.

Por eso, no logro entender por qué tenemos la manía de mezclar las churras con las merinas. El que quiera disfrutar del fútbol, que lo haga. Eso no quiere decir que sea un pasota al que no le importan una mierda los problemas actuales de esta España que se estaba quemando literalmente mientras los de la roja goleaban a los italianos. Me jode que se piense que si te gusta el fútbol es porque no has ido jamás a una manifestación para defender la escuela pública, o eres un insensible ante la imagen de una Valencia asolada por las llamas. No lo entiendo, no tiene nada que ver. Si para ser solidario ayer había que apagar el fútbol, entonces también había que cerrar los libros, los ordenadores y todo lo demás y por mucho que no logre entender los fanatismos y las manifestaciones de alegría desbordadas de la gente sobre todo a partir de determinada edad, no veo qué puede tener de malo que te guste el fútbol y que quieras disfrutar de un buen partido por televisión.

Pero si hay algo que me jode más que los que nos quieren hacer pensar que ver el fútbol es ser anti-patriota es ver a los políticos haciendo justamente lo contrario. Hacernos creer que si se gana la  Eurocopa implica que España puede salir de la crisis como ha insinuado Ana Botella me parece una tomadura de pelo mucho mayor. Algunas portadas de algunos periódicos, como la de la razón , o la de ayer de Super Deporte, son sencillamente vomitivas. Y qué decir de las declaraciones del presidente del gobierno pidiendo a la selección una alegría en estos momentos difíciles..., eso es confundir el tocino con la velocidad y además es un ejercicio de irresponsabilidad que no se debería permitir precisamente por "estos momentos difíciles". También es una barbaridad decir cosas como que el fútbol une a un país, elimina las diferencias entre las ideologías y chorradas similares. El fútbol es un deporte y cuando pasa a la gran pantalla es un espectáculo televisivo. PUNTO.

A ver señores políticos, no confundan en culo con las témporas y mucho menos se aprovechen de un deporte que está apliamente seguido para contarnos sus milongas. Porque no nos las creemos.

Así que me declaro lejos de los fanatismos, ni una cosa, ni la otra. Cada cosa tiene su importancia. No se me enfaden si disfruto del fútbol pero tampoco me hagan creer que un partido va a solucionarme la vida.

viernes, 29 de junio de 2012

Treinta y ocho


Al día siguiente se levantó con la cabeza completamente embotada, parecía como si todas las personas que la convertían en una mujer "de bien", la familia, los profesores, los jefes para los que había trabajado, se habían metido dentro a martillear contra su cráneo por haber sido mala.

Barajó diferentes posibilidades y concluyó que ninguna le servía como excusa para no ir a trabajar, se habría notado demasiado. Así que se arrastro como pudo hasta el cuarto de baño, dejó que le prepararan un café y se encendió un asqueroso cigarrillo mañanero.

Aunque la ducha fría resultó reparadora, no terminó de despertar hasta que no se montó en el coche, ya con su beydercamiseta enfundada y los ojos como platos para no atropellar a nadie, aunque, pensándolo bien, eso sí que sería una excusa para no ir al trabajo, lugar en el que iba a ser imposible apaciguar a su resacoso estómago (¿valdría esto como hipálage?).

La semana había resultado muy intensa, y el día anterior quizás no le habría dejado tanta huella si no hubiera sido porque venía precedido de otros parecidos, pero había merecido la pena: las libretas asomando de los bolsos, las conversaciones de temas que se confundían los unos con los otros porque había demasiadas cosas de las que hablar, las personas que por fin son como parecen ser, las velas que suman 38, los zapatos que se rompen, los compañeros de huevos rotos que parecen de atrezo, los micrófonos y las sonrisas.

Pero aún faltaba algo, aún no había terminado, y no sabía si tenía fuerzas para seguir. Aún así decidió no cerrar la página de experiencias, se rió de los problemas y bendijo a la cerveza, a la música y a los amigos, para colocarse unas zapatillas cómodas y seguir abusando de los antidepresivos naturales.

¡Grandes 38! Si éstos son así, ¡cómo serán los 40!, pensó mientras miraba con una amplia sonrisa cómo se cerraba de nuevo, sin ella dentro, la puerta de su casa.

martes, 19 de junio de 2012

Con los dedos dormidos


Acostumbraba a escribir desde el fondo del pozo, allí donde la oscuridad es tan profunda, que son los dedos y no los ojos, los que manejan las palabras.

En ese lugar es muy fácil, porque las manos viajan por el teclado confiadas en encontrar las letras, en unir la eme con la a sin que la vista descifre el sentimiento que realmente esconden.

Por la misma razón, jamás repasaba, jamás releía, imposible, por otra parte, ya que aunque el cerebro se acostumbra a la falta de luz, siempre queda la vergüenza, aquella que te impide ver, que no te permite hurgar en la parte más íntima de las miserias, aunque las conozcas bien, aunque sean las tuyas.

Pero la oscuridad es fría y anquilosa los dedos, que, poco a poco, se van haciendo menos ágiles, y van perdiendo su capacidad para la rima, para el adjetivo calificativo, para el sujeto, el verbo y el predicado. Y cuando ya la han perdido del todo, te das cuenta de la felicidad que te proporcionaba la escritura, descubres que el teclado era ese amigo que escucha y jamás te da consejos, porque nunca se los pides. Y entonces lo echas de menos y quieres volver a acercarte a él. Y resulta muy frustrante no saber cómo hacerlo, porque la impaciencia te impide ver que el único camino es perseverar y no perder la esperanza de volver a encontrar ese espacio en el que fluyen los sentimientos y sin embargo, apenas duelen.

lunes, 18 de junio de 2012